El deseo de maximización no es universal

Aquí publico un comentario de una cita que escribí para una asignatura en la Universidad. Defiende la idea de que las necesidades en el ser humano no son necesariamente ilimitadas y que el deseo de maximizar las propias riquezas no es hegemónico en todas las culturas.

Cita a comentar

“Deberá dependerse siempre del principio de acción cuya influencia sea la más poderosa, constante, uniforme, permanente y más generalizada entre la humanidad. Ese principio es el interés personal [egoísmo o maximización]; el sistema de economía que se construya sobre cualquier otra base, se edifica sobre una base falsa” Jeremy Bentham, filósofo utilitarista La psicología del hombre económico

Introducción

La cita a comentar fue escrita por Jeremy Bentham, un filósofo importante en la formulación del utilitarismo, corriente filosófica cuyo principio fundamental es que la medida del bien y del mal es la máxima felicidad del máximo número de personas (Cortina, 1994, p. 29-30). Desde esta perspectiva, en la cita se plantea que los sistemas económicos deben basarse en el interés personal de quienes lo componen, es decir, suponer que todas las personas buscan maximizar su propia felicidad sin tomar en cuenta la del prójimo (Bentham, 1786). No obstante, es legítimo preguntarse si el interés personal es el motor principal de la conducta humana en todas las culturas. En el presente comentario se intentará dar respuesta a la problemática anterior, explorando las necesidades humanas, la moral imperante en algunas sociedades que existieron en el pasado, y las causas y consecuencias de la ayuda mutua y cómo éstas están relacionadas con el altruismo y con el propio bienestar.

Desarrollo

En primer lugar, los seres humanos estamos programados por naturaleza para buscar nuestra propia supervivencia. En la Pirámide de Maslow, el primer peldaño está reservado para las necesidades relacionadas con la supervivencia, tales como la alimentación y el sueño (Maslow, 1943). Claramente la satisfacción de dichas necesidades contribuyen al propio bienestar personal del individuo, pero no son ilimitadas ya que existe un máximo nivel en el que éstas pueden satisfacerse. Por ejemplo, uno no puede comer ilimitadamente, sólo hasta la saciedad, y tampoco es necesario ingerir una cantidad infinita de alimento para vivir. De hecho, en su tratado sobre la política, Aristóteles asevera que los recursos necesarios para vivir “parecen constituir la verdadera riqueza, pues la propiedad de esta índole que basta para vivir no es ilimitada” (Aristóteles, Siglo IV a. C).

Por otra parte, la subsistencia no es la única necesidad del ser humano. Recordemos que las personas, en general, también necesitan recibir afecto, atención, respeto, y tener una sensación de libertad y seguridad (Maslow, 1943). Según los aristotélicos, “Los hombres tienden necesariamente a la felicidad” (Cortina, 1994, p. 29). Lo anterior podría hacernos pensar que Sin embargo, la felicidad, entendida como el estado de mayor satisfacción física y espiritual, y a la vez el fin último del ser humano, no se consigue con las riquezas naturales (que según San Tomás de Aquino, son las necesarias para vivir, “para subsanar las debilidades de la naturaleza”), pues “se las busca en orden a otra cosa; para sustentar la naturaleza del hombre y, por eso, no pueden ser el fin último del hombre, sino que se ordenan a él como a su fin.” (de Aquino, Siglo XIII), ni tampoco con riquezas artificiales, como el dinero, porque este tipo de riquezas se creó como un medio para conseguir riquezas naturales mediante el intercambio, tal como explica Aristóteles en el primer libro de su tratado sobre Política: cuando se dependió más del exterior para importar lo necesario y exportar lo que se tenía en abundancia, la necesidad hizo que se ideara la utilización del dinero por no ser fáciles de transportar todos los productos naturalmente necesarios. Por eso convinieron en dar y recibir recíprocamente en sus cambios algo que, siendo útil en sí mismo, fuera además de fácil manejo para la vida, como el hierro, la plata o algo semejante. (Aristóteles, Siglo IV a.C.)

Además, la satisfacción de ciertas necesidades como el afecto y el respeto, deben cumplirse de manera recíproca entre dos personas, por lo que su satisfacción requiere de un comportamiento no egoísta, pues se debe tener en consideración el bienestar del prójimo. De este modo, el ser humano no necesita maximizar sus riquezas ni ser completamente egoísta para alcanzar la felicidad.

Sumado a lo anterior, el comportamiento humano está sujeto a las expectativas culturales del entorno, y en distintas sociedades se han creado mecanismos, ya sea de manera consciente o inconsciente, para ayudar al prójimo y otros para evitar una excesiva acumulación de riqueza. A continuación estudiaremos algunos ejemplos de estos mecanismos en sociedades antiguas y medievales.

Un ejemplo de estos pueblos es el judío, cuyos integrantes no actúan basándose en el interés personal, o al menos no principalmente, sino de la voluntad y las normas marcadas por su dios, Yahvé. Por ejemplo, en el Deuteronomio se le impera a los fieles apartar la décima parte de su cosecha anual cada tres años para que el levita, los extranjeros, los huérfanos y las viudas que viven en su ciudad puedan alimentarse. También les ordena perdonar las deudas de sus deudores en el año sabático, es decir, cada siete años, y el párrafo siguiente apela a los fieles a ser caritativo y ayudar a los pobres: “Si hay junto a ti algún pobre de entre tus hermanos, en alguna de las ciudades de tu tierra que Yahvé tu Dios te va a dar, no endurezcas tu corazón ni cierres tu mano a tu hermano pobre; antes bien, le abrirás tu mano y le prestarás lo que necesite para remediar lo que le falta.”. A pesar de lo anterior, un contra-argumento en defensa del principio del egoísmo podría ser que los fieles no actúan de forma caritativa como un fin en si mismo, sino como un medio para conseguir la bendición de Yahvé, bendición que se menciona en el mismo libro. No obstante, ello no es a costa del prójimo sino que en su auyda.

En las ciudades medievales en Europa imperaba una jurisdicción propia y una organización autónoma dentro de las mismas, y ésta tenía en consideración el bienestar general de su población. Por ejemplo, todos los productos de primera necesidad debían llegar al mercado de la ciudad para que todos los habitantes pudieran abastecerse antes de que un comerciante pudiera adquirir los productos que sobraban, “y aún así su ganancia tenía que ser nada más una «ganancia honesta»” (Kropotkin, 1902). Sobre la Grecia Arcaica, Finley comenta que En el comercio o en cualquiera otra relación, había que acogerse al principio de igualdad y beneficio mutuo. La ganancia a expensas de otro pertenecía a un terreno diferente, al de la guerra y de la incursión, donde se obtenía por realización (o amenaza) de proezas, no por manipulaciones y regateos. (Finley, 1954)

Las normas mencionadas anteriormente no están basadas en la maximización, sino en el bien común y una limitación razonable de las ganancias que un comerciante podía obtener, o bien en el principio de beneficio mutuo en el caso de la Grecia Antigua, donde el lucro a expensas de otro griego iba contra la moral de dicha sociedad.

No obstante, el concepto de maximización no estaba ausente en la totalidad de civilizaciones antiguas. Aristóteles escribió sobre dos tipos de crematística: una natural, cuyo fin era “el vivir bien”, y otra antinatural, cuya finalidad era maximizar las riquezas como un fin en sí mismo. Sobre la antinatural, el filósofo comenta: “aquella crematística es comercial y productiva de dinero, no en general, sino mediante el cambio. Esta crematística comercial parece tener por objeto el dinero, ya que el dinero es el elemento y el término del cambio, y la riqueza resultante de esta crematística es ilimitada. (…) Por un lado, pues, resulta claro que toda riqueza debe tener un límite, pero de hecho vemos [18] que ocurre lo contrario, pues todos los que trafican aumentan su caudal indefinidamente.” (Aristóteles, Siglo IV a.C.). Este tipo de crematística surgió años después del período estudiado por Finley en “El mundo de Odiseo”, pero de todas formas el filósofo griego mantiene una actitud crítica respecto de ella y de quienes la practican.

Conclusiones

El ser humano busca satisfacer sus necesidades, pero la cantidad de recursos necesarios para dicho fin no es infinita, por lo que no es siempre necesario adquirir la máxima cantidad de dichos bienes. Además, varias de las sociedades históricas que estudiamos han confeccionado y aplicado un sistema de normas que fomenta la cooperación, incluso entre individuos que no forman parte del mismo núcleo familiar. Y aunque de todas formas existían personas que buscaban maximizar sus riquezas, constituían sólo una fracción de su respectiva sociedad y eran mal vistas por ésta. Lo anterior nos permite concluir que el deseo de maximizar bienes que proporcionan placer o felicidad no es universal en todos los seres humanos, ni en todas las culturas. No obstante, las personas que componen los sistemas estudiados se benefician de dichos sistemas, por lo que el presente comentario no demuestra que el interés en uno mismo o una misma no es un universal cultural. Una reflexión en profundidad sobre la última problemática mencionada, desde un punto de vista antropológico, podría involucrar el estudio de sociedades cuyos individuos sean ajenos a sí mismos, en caso de que existan.

Bibliografía

Aristóteles (Siglo IV a.C.) POLÍTICA: La economía: propiedad y crematística

Bentham, J. (1786) La psicología del hombre económico

Cortina, A. (1994) Ética de la empresa: claves para una nueva cultura empresarial. Trotta, Madrid

Tomás de Aquino (Siglo XIII) Suma Teológica

Finley, M. (1954) El mundo de Odiseo

Kropotkin, P. (1902). Capítulo 5: Ayuda mutua en la ciudad medieval. En La ayuda mutua