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MeToo

Mujer Jairo Alzate, 2015. Unsplash License

por Juan P. Paredes

Los dos últimos años, el Día Internacional de la Mujer tuvo mucha más conmoción que antes en los medios de comunicación y redes sociales. Incialmente, esta mayor intensidad mediática se relacionaba con el impacto del movimiento #MeToo (desde la maquinaria de Hollywood), posteriormente se posisionó la idea del problema en los titulares de las grandes emisoras de noticias y redes sociales (gracias a reacciones civiles contundentes en contra de los infaltables escándalos públicos de afrenta contra mujeres) y así se consolidó la atención mundial hacia un problema grave, científicamente demostrado, pero no lo suficientemente resaltado. Sin importar el lugar de origen, la clase social e incluso la cultura, las mujeres no tienen las mismas oportunidades de ascenso social que los hombres, y, además, son víctimas de violencia por parte de éstos.

Pero, ¿precisamente que tipo de violencia sufren las mujeres? ¿no es acaso el mismo tipo de violencia que podría sufrir cualquier persona en el mundo sin que necesariamente sea mujer?

Después de varias décadas de estudio al respecto, la Organización de Naciones Unidas logró estructurar un marco teórico sólido para definir con claridad el problema y plantear soluciones al mismo.

La expresión exacta no es violencia de género sino violencia contra la mujer, ya que tomando en cuenta su rol de género, el hombre también es susceptible de sufrir violencia de género. La violencia implica un daño o sufrimiento físico, sexual o sicológico o la amenaza de esos actos, así como la privación de la libertad. De acuerdo a un reporte global, la agresión contra las mujeres se diferencia claramente de la que pueden sufrir los hombres, por el entorno del acto y por las características de su causante. Mientras que los hombres tienen mayor probabilidad de morir en conflictos armados, violencia interpersonal o infligida por desconocidos, además del suicidio, las mujeres mayormente mueren victimadas por un varón cercano a ellas del que dependen emocional y económicamente. Por tanto, irónicamente, uno de los mayores lugares de peligro para la mujer es el espacio doméstico, donde la violencia puede ser sexual, incluir mutilación e incluso alcanzar el feminicidio (asesinato de una mujer por el hecho de ser mujer), además de otras situaciones de riesgo externas como la prostitución o explotación económica forzada y el peligro de violencia contra las mujeres en situación de emergencia o conflicto.

Entonces, ¿cuál es el origen de este problema?, ¿por qué existe? Sin duda, no hay explicaciones simples. La OMS intenta esclarecer el problema de la siguiente manera.

La complicada relación entre los diversos factores que producen la violencia contra la mujer puede simplificarse en la división de causas individuales y supraindividuales (que a su vez se fraccionan en sociales, comunitarias y relacionales/familiares).

Usualmente, tanto mujeres como hombres comparten los mismos factores que convierten a uno en perpetrador y a otra en víctima. Entre los posibles factores individuales que provocan que un hombre ejerza maltrato están: bajos ingresos, bajo nivel educativo, ser víctima de abuso sexual o testigo en la niñez de violencia intrafamiliar, personalidad antisocial, uso nocivo de alcohol o drogas, y aceptación de la violencia. De modo opuesto, las causas individuales que ponen en riesgo de maltrato a una mujer son idénticas, extrayendo los bajos ingresos y personalidad antisocial e incluyendo juventud y depresión.

Las circunstancias supraindividuales que originan violencia contra la mujer pueden ser divididas en tres grupos.

Dentro el espacio de relaciones y familia, el hombre desea múltiples compañeras sexuales, tiene insatisfacción marital y un bajo o diferente nivel educativo. En el ámbito comunitario, existe aceptación de normas y roles tradicionales de género; hay un uso normativo de la violencia, por ejemplo, en las escuelas o lugares de trabajo; y, por último, las sanciones comunitarias contra la violencia son poco rigurosas. En el entorno social, existe posición desigual de las mujeres, pobreza y uso normativo de la violencia (por ejemplo, por la policía y otras instituciones estatales). El beneficio de encontrar los orígenes de un problema, es que teóricamente, se puede plantear una solución. A todos estos factores detallados hasta ahora, podría denominarse factores de riesgo, ya que constituyen causas que pueden originar violencia; pero de la misma manera que existen circunstancias que ponen en peligro a las mujeres, también pueden proponerse factores de protección, o situaciones en las que se encuentran a salvo. De acuerdo a ONU Mujeres, esos factores son: educación secundaria completa para niñas (y niños); retardar la edad de matrimonios hasta los 18 años; autonomía económica de las mujeres y acceso a entrenamiento de sus capacidades, crédito y empleo; normas sociales que promuevan la equidad de género; servicios que articulen respuestas con calidad (servicios judiciales servicios de seguridad/protección, servicios sociales y servicios médicos); disponibilidad de espacios seguros o refugios; y acceso a grupos de ayuda.

Por último, estas proposiciones que se usan para explicar globalmente el problema, pueden aplicarse con mucha precisión en contextos como el boliviano. De acuerdo a ONU Mujeres, el 29% del género femenino de las américas fue víctima de violencia por parte de su pareja y un 10,7% fuera de la pareja, afirmándose que las tasas de agresión a las mujeres de la región están entre las peores del mundo. En Bolivia, una muy seria investigación llevada a cabo por Colectivo Rebeldía en 2013, atestiguaba que tras alrededor de 20 años de vigencia de leyes en contra la violencia femenina, las agresiones no solo persisten, si no que empeoran. En 2017, los casos de violencia contra la mujer en Santa Cruz de la Sierra, registrados por la policía nacional, aumentaron en un 9% en relación a 2016 (Beyuma V. et.al., 2018. Entrevista con el Cap. Ariel Prado Quiroz, Jefe de División de Delitos de Orden Sexual – F.E.L.C.V. de Santa Cruz). De manera más frecuente, los noticieros nos abarrotan a quemarropa con casos monstruosos de violencia contra mujeres, ante respuestas poco convincentes por parte de las autoridades competentes y reacciones indiferentes y hasta vergonzosas por parte de la sociedad civil.

Una de las consecuencias de maltratar a cualquier persona es que el daño no solo se lo lleva ella, sino que se lastima el entorno donde ocurre el delito y cualquier deseo de prosperidad que éste tenga. A nivel social, una colectividad que agrede a las mujeres, literalmente deteriora su propio desarrollo.

Social media disease “Social media disease” por Raphael Labaca Castro, 2017. Creative Commons Attribution-ShareAlike 2.0 Generic License.

por Juan P. Paredes

También llamados Generación Y, suelen reconocerse en la cultura popular como aquellos que atravesaron el cambio de milenio siendo jóvenes o aún niños. En estos días, ya puede considerarse a ese vasto grupo etario como en los inicios de la inevitable y paulatina transición social de relevo a las anteriores generaciones. Entonces, como es frecuente en la historia universal del parentesco, van surgiendo suceptibilidades acerca de cómo esa “novata” y “extravagante” multitud podría llegar a hacerse cargo del mundo.

Al ser solo una delimitación generacional vaga, lo milénial no puede ser tomado demasiado en serio para indagar supuestos atributos globales que con facilidad no superarían demarcaciones locales, culturales y sociales (esta labor implicaría buscar coincidencias, por ejemplo, entre las razones de una modelo parisina de 22 años, contratada por Chanel, con las de un joven sirio de la misma edad, enlistado en el Estado Islámico). Sin embargo, es posible encontrar rasgos no aislados entre varios individuos de esta generación. Como en otras situaciones, gente que fue expuesta a hechos similares (como desastres, enfermedades, enseñanzas religiosas, etc.), pueden presentar sentimientos y reacciones compartidas con pares ubicados en distintas latitudes. En el caso de los milénial, una práctica bastante extendida en la época de su crianza fue la exposición (mucho más intensa), a la televisión, por ejemplo y otros accesorios audiovisuales y en menor medida a los inicios del internet como fenómeno social a gran escala. En esas circunstancias, mientras más contacto haya tenido un individuo con el mainstream de los 80 y 90, probablemente tenga algo en común con equivalentes de otras locaciones y viceversa.

Ahora que los milénial están en su despertar político, los cambios en la forma de interactuar a través de los cuales pudieron ser formados y las innovaciones del Internet 2.0 parecen tener un impacto peculiar en las manifestaciones sociales vigentes. Según se observa, los movimientos de protesta ciudadana espontánea impulsados por las redes sociales exponen un sorprendente poder de convocatoria y presión coordinada que consigue resultados concretos (sobre todo en países con democracias relativamente sólidas donde la opinión pública es importante para tomar decisiones desde el Estado); sin embargo, para gobiernos inescrupulosos y sagaces, dispuestos a usar un buen aparato propagandístico y represivo, una gran congregación de personas no necesariamente es suficiente para disuadirlos de ceder en su intransigencia. En adición, es preocupante que el activismo actual, al parecer, está menos dirigido a cambiar realmente el estado de las cosas y más a establecer posiciones individuales públicas (vía internet), ante un suceso, que fácilmente es olvidado en el corto plazo, para luego retomar el estilo de vida consumista y rutinario. Ejemplos claros de estas “revoluciones de supermercado” son el movimiento 15-M o de los Indignados, el #MeToo, el independentismo de Catalunya y otros.

En contraste, es importante notar el éxito de algunos milénials (como individuos, ya no como grupos) para asumir de manera temprana y triunfante el mando en el mundo corporativo o estatal, en una época en la que la Generación X no termina de consolidarse en el poder. Dos buenos ejemplos son Mark Zuckerberg, CEO de Facebook y Kim Jong-un, presidente de Corea del Norte. El primero es la personificación del capitalismo de la vigilancia y el segundo, el líder del Estado más aislado del mundo. Son autoridades indiscutibles con aptitud para neutralizar críticas, destruir la competencia y apropiarse de luchas legítimas de origen colectivo.

En sí, el panorama colectivo actual es particularmente delicado. Cada vez más gobiernos nacionales tienen la capacidad de acceder a datos privados recolectados por dispositivos de vigilancia indiscriminada ampliamente distribuidos (smartphones, pc’s, cámaras con reconocimiento facial). Esto es más amenazante aún en el entendido de que cada una de las corrientes ideológicas clásicas (los grandiosos “ismos”), tuvo la oportunidad de reformularse como forma política oficial, de manera evidentemente decepcionante, entre finales y comienzos de siglo, para ocasionar que surjan regímenes populistas e intolerantes que no se alinean a un programa serio de gobierno y por si fuera poco, acumulan una grotesca capacidad represiva y desapego institucional, justo en el periodo culmen de descalabro ambiental al que está empujando la especie humana a este planeta, en un punto que según varios expertos, es de no retorno.

Entonces ¿Ésta es la generación que formulará soluciones a todos estos problemas?

En el mundo actual, el planteamiento de ideas y la organización de la gente parece no generar demasiadas alternativas a lo establecido. Algunos dirán que en parte es por ese mundo virtual absorbente, vigilado y disgregador que da indicios de avanzar hacia una sociedad orwelliana, con políticos al mando de un complejo estatal que tienen la destreza de insensibilizar a la ciudadanía para que no reaccione ante sus cada vez más osados excesos y con un implacable servicio de vigilancia, perfecto para predecir y manipular sus movimientos.

En compensación, lo que haría impredecibles a algunas personas, sería su capacidad de mantener distancias con el mainstream y esto permitiría alcanzar alguna diferencia. Idealmente, individuos e instituciones que usan dispositivos e internet para acumular y compartir conocimiento como nunca antes se hizo, por ejemplo; que crean sistemas informáticos que brindan estabilidad y privacidad; que logran organizarse para exigir que la inoportuna alianza entre corporaciones y gobiernos cambie la matriz productiva en orden de proteger un ecosistema autosustentable. Sin embargo, no necesariamente es el caso. La victoria del Brexit demuestra que vulnerar al gobierno de la nube es posible; pero atacar sin tener un proyecto con visión, realmente puede empeorar las cosas.

Lo que se forje al fin, cuando la sociedad transite entre las generaciones XYZ, será determinante para definir si se empoderará totalmente la cibernética corrupta y si la situación podría llegar a ser (en lenguaje del mainstream), como la que se presenta en la película Ready Player One (2018), de Steven Spielberg o la de Matrix Reloaded (2003), de las hermanas Wachowski. La diferencia no es sutil, la capacidad de maniobra de la resistencia, en la primera, es diametralmente mayor a la de la segunda, donde las revoluciones ya no se hacen para generar cambios que logren un mejor acuerdo de convivencia entre grupos sociales; sino que es un proceso previsto y tolerado por la máquina para actualizar su sistema operativo pre-configurado para tenerla con el control por siempre.