Milénials

Social media disease “Social media disease” por Raphael Labaca Castro, 2017. Creative Commons Attribution-ShareAlike 2.0 Generic License.

por Juan P. Paredes

También llamados Generación Y, suelen reconocerse en la cultura popular como aquellos que atravesaron el cambio de milenio siendo jóvenes o aún niños. En estos días, ya puede considerarse a ese vasto grupo etario como en los inicios de la inevitable y paulatina transición social de relevo a las anteriores generaciones. Entonces, como es frecuente en la historia universal del parentesco, van surgiendo suceptibilidades acerca de cómo esa “novata” y “extravagante” multitud podría llegar a hacerse cargo del mundo.

Al ser solo una delimitación generacional vaga, lo milénial no puede ser tomado demasiado en serio para indagar supuestos atributos globales que con facilidad no superarían demarcaciones locales, culturales y sociales (esta labor implicaría buscar coincidencias, por ejemplo, entre las razones de una modelo parisina de 22 años, contratada por Chanel, con las de un joven sirio de la misma edad, enlistado en el Estado Islámico). Sin embargo, es posible encontrar rasgos no aislados entre varios individuos de esta generación. Como en otras situaciones, gente que fue expuesta a hechos similares (como desastres, enfermedades, enseñanzas religiosas, etc.), pueden presentar sentimientos y reacciones compartidas con pares ubicados en distintas latitudes. En el caso de los milénial, una práctica bastante extendida en la época de su crianza fue la exposición (mucho más intensa), a la televisión, por ejemplo y otros accesorios audiovisuales y en menor medida a los inicios del internet como fenómeno social a gran escala. En esas circunstancias, mientras más contacto haya tenido un individuo con el mainstream de los 80 y 90, probablemente tenga algo en común con equivalentes de otras locaciones y viceversa.

Ahora que los milénial están en su despertar político, los cambios en la forma de interactuar a través de los cuales pudieron ser formados y las innovaciones del Internet 2.0 parecen tener un impacto peculiar en las manifestaciones sociales vigentes. Según se observa, los movimientos de protesta ciudadana espontánea impulsados por las redes sociales exponen un sorprendente poder de convocatoria y presión coordinada que consigue resultados concretos (sobre todo en países con democracias relativamente sólidas donde la opinión pública es importante para tomar decisiones desde el Estado); sin embargo, para gobiernos inescrupulosos y sagaces, dispuestos a usar un buen aparato propagandístico y represivo, una gran congregación de personas no necesariamente es suficiente para disuadirlos de ceder en su intransigencia. En adición, es preocupante que el activismo actual, al parecer, está menos dirigido a cambiar realmente el estado de las cosas y más a establecer posiciones individuales públicas (vía internet), ante un suceso, que fácilmente es olvidado en el corto plazo, para luego retomar el estilo de vida consumista y rutinario. Ejemplos claros de estas “revoluciones de supermercado” son el movimiento 15-M o de los Indignados, el #MeToo, el independentismo de Catalunya y otros.

En contraste, es importante notar el éxito de algunos milénials (como individuos, ya no como grupos) para asumir de manera temprana y triunfante el mando en el mundo corporativo o estatal, en una época en la que la Generación X no termina de consolidarse en el poder. Dos buenos ejemplos son Mark Zuckerberg, CEO de Facebook y Kim Jong-un, presidente de Corea del Norte. El primero es la personificación del capitalismo de la vigilancia y el segundo, el líder del Estado más aislado del mundo. Son autoridades indiscutibles con aptitud para neutralizar críticas, destruir la competencia y apropiarse de luchas legítimas de origen colectivo.

En sí, el panorama colectivo actual es particularmente delicado. Cada vez más gobiernos nacionales tienen la capacidad de acceder a datos privados recolectados por dispositivos de vigilancia indiscriminada ampliamente distribuidos (smartphones, pc’s, cámaras con reconocimiento facial). Esto es más amenazante aún en el entendido de que cada una de las corrientes ideológicas clásicas (los grandiosos “ismos”), tuvo la oportunidad de reformularse como forma política oficial, de manera evidentemente decepcionante, entre finales y comienzos de siglo, para ocasionar que surjan regímenes populistas e intolerantes que no se alinean a un programa serio de gobierno y por si fuera poco, acumulan una grotesca capacidad represiva y desapego institucional, justo en el periodo culmen de descalabro ambiental al que está empujando la especie humana a este planeta, en un punto que según varios expertos, es de no retorno.

Entonces ¿Ésta es la generación que formulará soluciones a todos estos problemas?

En el mundo actual, el planteamiento de ideas y la organización de la gente parece no generar demasiadas alternativas a lo establecido. Algunos dirán que en parte es por ese mundo virtual absorbente, vigilado y disgregador que da indicios de avanzar hacia una sociedad orwelliana, con políticos al mando de un complejo estatal que tienen la destreza de insensibilizar a la ciudadanía para que no reaccione ante sus cada vez más osados excesos y con un implacable servicio de vigilancia, perfecto para predecir y manipular sus movimientos.

En compensación, lo que haría impredecibles a algunas personas, sería su capacidad de mantener distancias con el mainstream y esto permitiría alcanzar alguna diferencia. Idealmente, individuos e instituciones que usan dispositivos e internet para acumular y compartir conocimiento como nunca antes se hizo, por ejemplo; que crean sistemas informáticos que brindan estabilidad y privacidad; que logran organizarse para exigir que la inoportuna alianza entre corporaciones y gobiernos cambie la matriz productiva en orden de proteger un ecosistema autosustentable. Sin embargo, no necesariamente es el caso. La victoria del Brexit demuestra que vulnerar al gobierno de la nube es posible; pero atacar sin tener un proyecto con visión, realmente puede empeorar las cosas.

Lo que se forje al fin, cuando la sociedad transite entre las generaciones XYZ, será determinante para definir si se empoderará totalmente la cibernética corrupta y si la situación podría llegar a ser (en lenguaje del mainstream), como la que se presenta en la película Ready Player One (2018), de Steven Spielberg o la de Matrix Reloaded (2003), de las hermanas Wachowski. La diferencia no es sutil, la capacidad de maniobra de la resistencia, en la primera, es diametralmente mayor a la de la segunda, donde las revoluciones ya no se hacen para generar cambios que logren un mejor acuerdo de convivencia entre grupos sociales; sino que es un proceso previsto y tolerado por la máquina para actualizar su sistema operativo pre-configurado para tenerla con el control por siempre.