La representación del sexo como forma de dominación

La representación del sexo como forma de dominación © Gerd Altmann. Pixabay License.

por Juan P. Paredes

Existen individuos que administrando eficientemente sus ventajas logran adquirir privilegios materiales y espirituales por sobre los demás. Al ocurrir una coincidencia entre ciertas características sociales (clase, etnia, religión, género, etc.) y la imposición arbitraria de las decisiones libres de unos ciudadanos por encima de la de otros, se puede hablar de diversos escalones de hegemonía, que pueden graduarse desde un predominio tolerante de la influencia hasta una opresión despótica. De forma concreta, podemos hablar de las culturas provenientes del mundo occidental (anglosajones, ibéricos y otros) manejando antiguamente a su antojo a miembros de las culturas indoamericanas, africanas. asiáticas y polinésicas. Podemos hablar de clases sociales privilegiadas locales que aventajan a las desfavorecidas y se benefician de su fuerza de trabajo en diversos niveles de redistribución asimétrica.

La consolidación de la dominación se produce cuando los favorecidos elaboran una narración que es asimilada por los infortunados para justificar el orden establecido, convirtiéndose paulatinamente, a sus ojos, en la única realidad posible.

La dominación masculina antes acreditada a través de tesis teológicas, en tiempos modernos suele reforzarse, irónicamente, a partir de explicaciones relativas al sexo (biología), en contra de argumentos brindados por la teoría de género (cultura). Es decir, se supone que la única distinción sexual viable y además heredada de la Biblia, es binaria: hombre – mujer; no existe otro atributo posible que no sea el corporal, atacándose cualquier inclinación por rebasar lo establecido (incluso si ésta es congénita), consolidando una jerarquía que es funcional al liderazgo del hombre. Mientras que la tesis del género comprende el problema como identidades sociales construidas, revelando al patriarcado cisgénero y heterosexual como una perspectiva arraigada por encima de muchas otras posibles personalidades. Usualmente las identidades de género son acusadas, por parte de sus represores, de conformarse de forma ajena a la herencia biológica, como si fuera un capricho.

Las reflexiones presentadas a continuación, demostrarán que las inclinaciones de género no son una aberración antinatural, como grupos conservadores sostienen y que, la diferenciación sexual fundamentada supuestamente en la biología por éstos, es al final de cuentas, también una construcción social.

Suele creerse erróneamente que el sexo, a diferencia del género, es simple de reconocerse ya que son características fisiológicas concluyentes las que determinan a que grupo se adscribe cada individuo. El sexo se define como masculino, si el recién nacido tiene un pene, o femenino, si posee vagina; las excepciones a esta aparentemente clara dualidad natural son los casos de intersexualidad en las que el individuo puede poseer tanto las mencionadas características fenotípicas femeninas como las masculinas. Sorprendentemente para muchos, en contra de esta clásica distinción bipartita y sus supuestas excepciones, la biología moderna sostiene que la diversidad sexual humana no puede dividirse solo en dos. Anne Fausto-Sterling (2018), profesora de Biología en la Universidad Brown de Estados Unidos, demuestra que existen cinco capas de determinación sexual humana, tan solo en la etapa de la gestación, en las que las posibilidades exceden la división sagrada.

Primero, los cromosomas sexuales no son solo XX (hembra) y XY (macho), como nos enseñaron en el colegio, sino que hay también otras peculiares contingencias, como XXY, XYY, XO; segundo, dependiendo de esta variopinta composición cromosómica, surgen los testículos u ovarios en el feto; tercero, éstos posteriormente generan hormonas; cuarto, las cuales configuran el surgimiento del útero y otras características en las hembras, y de la próstata y otros rasgos en los varones, para; quinto, en una etapa final otorgar forma genital externa al bebé.

Basándose en estas etapas de composición sexual, Fausto-Sterling explica que los genitales del bebé al nacer no pueden ser determinantes para clasificarlo simplemente como “hombre” o “mujer”, al existir la probabilidad de que no solo en una de las fases descritas se presente una situación no prevista en el molde “binario”, sino que exista también una muy posible contradicción entre estamentos, como que un bebé con cromosomas XX nazca con pene, por ejemplo. Como anécdota, el extraño caso de las muchachas dominicanas a las que durante la pubertad comenzó, curiosamente, a crecerles un pene, es uno de los varios casos que ilustra esa complejidad (Wilding, 2015).

Incluso, según la autora, los sedimentos de determinación sexual no se detienen ahí, y en la etapa de crecimiento del niño y el paso a la pubertad, se produce un vínculo directo entre las hormonas responsables de la maduración sexual adulta y el cerebro, configurado a partir del rol de género adquirido en la crianza. Ésta, es al parecer la etapa puente, que delimita muy borrosamente la frontera entre el género y el sexo.

Como se sabe, a diferencia del resto de los seres vivos conocidos, los actos del humano no son tanto condicionados por su herencia biológica; sino que predominantemente son atribuibles a la construcción social de la que forman parte condicionante sus percepciones del mundo. Así, sus actos están más relacionados con su racionalidad adquirida mediante símbolos, que por su información genética heredada, al modo de la mayor parte de las especies animales. Esto establecerá que sus personalidades sean producto de su formación epigenética (Berger et.al., 1995).

El género, por lo tanto, añadirá una capa más de complejidad al ya de por si heterogéneo panorama sexual descrito anteriormente. Formará una vastedad de combinaciones entre identidad y orientación sexual, conceptos que son confundidos fácilmente por la mayor parte de las personas.

La identidad de género, hace referencia a la forma en que la persona se representa a si misma a partir del sexo, lo que no necesariamente implica que haya una coincidencia plena entre sus características sexuales heredadas por biología y la aceptación de las mismas; tal es el caso de una mujer (criada así) que acepte esta condición, o no (es decir que se sienta hombre). Muy distinta es la orientación sexual, es decir, la determinación de las identidades de género por las que un individuo siente atracción erótica. Lo más frecuente es encontrar a un hombre, fenotípicamente y psicológicamente asimilado como tal, deseando a su opuesta, una mujer con tales condiciones. Pero este no siempre es el caso, generándose incluso situaciones consideradas bizarras; por ejemplo, la de una mujer, que se considera a sí misma un hombre, pero que siga sintiendo atracción por otros hombres. La mayor parte de la gente considerara este caso un sin sentido, ya que se cree que sería más cómodo para la mujer mantener sus características femeninas y participar de este modo en sus relaciones con hombres. Pero esto no es simple, porque ella tiene una identidad sexual y una orientación sexual contradictorias para nuestra cultura; ella, aunque desee a otros hombres se siente un hombre también. Este es solo un ejemplo de lo complejo que puede ser el tema de género.

A partir de la teoría de género, se comprende las relaciones de dominación existentes en distintas sociedades. Históricamente la masculinidad heterosexual ha logrado construir una corporación androcéntrica donde, como se demostró en este trabajo, todo el orden (teorías, leyes y aparato represivo) está configurado a favor de su virilidad. El resto de orientaciones sexuales poseen excesivas desventajas sociales, como salarios más bajos, en el menor de los casos, u ostracismo en el peor. La forma de presentación física y psicológica de las mujeres exitosas usualmente está relacionada con su capacidad de atraer sexualmente a los hombres; el hombre posee privilegios en su comportamiento que la mujer no, permitiéndose menospreciarla o usarla como objeto, castigando muy duramente a ésta si su comportamiento es el mismo; y finalmente, posee la potestad legítima de ejercer violencia contra toda desviación al canon sexual, que él se permite vulnerar excepcionalmente.

Bibliografía

Berger, P., Luckmann, T. (1995). La construcción social de la realidad. Amorrortu

Fausto-Sterling, Anne (30 de octubre de 2018). En The New York Times. Recuperado el 31 de octubre de 2018 de https://www.nytimes.com/es/2018/10/30/sexo-no-es-binario/

Wilding, Mark (6 de noviembre de 2015). En Vice. Recuperado el 13 de noviembre de 2018 de https://www.vice.com/es/article/yv9wvk/ninos-cuyos-penes-no-crece-hasta-la-pubertad-111