¡Huye!

Huye © Universal Studios, 2017. Copyright.

por Juan P. Paredes

Si no viste la película Get out! (2017) de Jordan Peele, no deberías leer este artículo; si la viste, tal vez te estés preguntando qué porra fue todo eso, ¿en serio se llevó el Oscar a mejor guion original?, pues sí, y aquí me propongo comprender por qué.

La idílica pareja intercultural (hombre afrodescendiente, mujer caucásica), símbolo de una ciudadanía plural, libre de prejuicios ilógicos, se propone conquistar la sensibilidad del espectador al inicio del filme, hasta que un viaje del novio a la casa de sus futuros suegros nos va demostrando que nada es lo que parece; de hecho, es lo peor, como en toda película de terror.

Un ciervo atropellado accidentalmente con un auto sirve como premonición para el incauto protagonista: el agresor se convertirá en víctima. La empalagosa amabilidad de la familia de su novia, aparentemente empática con la causa afroamericana, va lentamente degradando hasta el descubrimiento de que todos sus miembros (así como su novia) son una ingeniosa y cruel reformulación de la rapacidad supremacista del abuelo, un neurocirujano pro-nazi que descubrió como permanecer vivo a través del traspaso de su mente a otro cuerpo, (sí, esa es la parte fantástica). Sorprende la revelación de que el falso amor de la novia fue simplemente parte de un perverso reclutamiento para que el protagonista se convierta en el recipiente del cerebro de un allegado a la familia, al igual que el jardinero y la encargada del servicio (afrodescendientes), lo son del abuelo y la abuela.

Esta disparatada historia que parece inventada por un individuo con paranoia derivada de haber sentido fuertes agresiones culturales; o por el contrario una mofa muy ácida creada en la comunidad afrodescendiente también para afrontar el ambiente de hostilidad racista que existe en Estados Unidos, puede ser vista, justamente, desde estos dos ángulos ejemplificados: entre el miedo y la sátira.

El trasfondo inmediato es evidente. Desde la abolición de la esclavitud, atravesando la lucha por los derechos civiles, hasta la elección del primer presidente afroamericano, parecía percibirse la culminación de un duro y largo proceso de integración ciudadana por encima de los prejuicios racistas. Los dos periodos presidenciales de Barack Obama hicieron creer a algunos incautos afrodescendientes que el entendimiento plural no daba marcha atrás. Pues bien, al igual que la figura de la película de Peele, todos aquellos que empezaron a sentirse cómodos con la “hospitalidad blanca” se llevaron una cruenta sorpresa: las cosas eran mucho peor de lo que se pensaban.

Los trastornados antagonistas jamás en toda la película pronuncian alguna ofensa racista explícita, incluso en el clímax de la violencia; la sutileza del lenguaje es tan extraordinaria que, a pesar de generar un ambiente de tensión con sugerentes ambigüedades, jamás encienden la alerta que haría que nuestro enamorado galán se ponga a resguardo. De estos desquiciados se deduce un racismo distinto al que estamos acostumbrados, donde se busca de manera inmediata y notoria destruir al otro por su forma de ser, sus rasgos físicos y culturales; en este caso, los blancos se adaptan a una situación en la que este otro ya se ganó su espacio y en realidad se sienten entre ofuscados e intimidados por su carisma (espiritual y físico), por tanto, desean destruir esa mente y apropiarse de su cuerpo.

En la Norteamérica de hoy, donde gracias a la extensa comunidad de migrantes de todas partes del mundo, ser racista hasta hace poco se estaba convirtiendo en tabú, el subconsciente de los herederos de este sentimiento mimetizó una nueva forma de agresión, que consiste en no atacar manifiestamente la naturaleza del otro; sino, crear barreras no tan sutiles para aceptarlo solo cuando éste se aculture a su imagen y semejanza. De esta manera se evita que la aculturación inversa sea más fuerte y se recibe del otro solo lo conveniente. Véase el caso de los descendientes irlandeses, entre otros parias del pasado, ahora asimilados como americanos blancos.

La segunda manera de ver este filme, el de la sátira, está estrechamente relacionada con la profesión del escritor y director del largometraje, quien no tan irónicamente, es comediante.

El amigo del protagonista, el necesario bufón desbocado, amante de las teorías de conspiración absurdas y con graciosos delirios de grandeza, es el inesperado héroe de la trama. No solo porque sus advertencias disparatadas al protagonista sobre los riesgos de visitar a sus futuros suegros blancos resultan ser la hipótesis que más logra acercarse a la realidad posterior; sino porque realmente él es el que da el paso decisivo, ante la incredulidad de las autoridades, para sacar a su amigo de ese infierno sangriento en el que estaba metido, con un gracioso reclamo final en el que le recuerda que se lo advirtió.

Así es, la realidad es tan o más absurda que la ficción. Hasta hace unos años, estos exagerados individuos eran ridiculizados o criticados en los medios de comunicación, precisamente porque entorpecían el proceso de pacificación entre culturas. Pues, la ironía del asunto demostró que sus comentarios escépticos respecto a la integración no estaban para nada descabellados, o sino, observemos lo que constituye la presidencia de Donald Trump respecto al pluralismo como forma de manejar el poder.

La risa es un acto social que puede usarse como medio de inclusión o exclusión. En el primer caso, la risa brota del sentimiento de invulnerabilidad. Cuando uno se encuentra atribulado, no puede abandonar la sensatez, pero al sentirse protegido e identificado con otros, puede permitirse el surgimiento del jolgorio, que es la consolidación de la inserción en el grupo. De modo opuesto, y como siguiente paso al blindaje social del que brota la diversión, la risa puede convertirse en una forma de agresión, que, al estar envuelta en regocijo, encubre bien su verdadero propósito, que es producirle a alguien todo lo opuesto a diversión: aquel que no encaja en mi visión ni la de mi grupo.

Esto se resume en la frase: ¿Se ríen con él o de él? Bien, antes nos reíamos de él, pero ahora, con él.