Apuntes para la historiografía de Andrés Ibáñez

Apuntes para la historiografía de Andrés Ibáñez © Juan Pablo Paredes Daza, 2018. Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 4.0 International Public License. El fondo de la imagen es de FreeCreativeStuff, 2017. Pixabay License.

por Juan P. Paredes

Andrés Ibáñez fue hijo del doctor Francisco Bartolomé Ibáñez, acaudalado habitante de Santa Cruz de la Sierra que dirigió la Prefectura cinco veces. Su madre fue Carmen Santibáñez Gil, posiblemente una religiosa que vivía en Cochabamba, ciudad en la que nació Andrés, según se extracta de su acta de matrimonio con Julia Serrano. Hay versiones, sin respaldo documental declarado, de que otras mujeres pudieron ser las madres de Andrés y que nació en Pailas.

Se infiere de la misma fuente que estudió en Sucre su educación colegial y prosiguió sus estudios universitarios en la Facultad de Derecho de la Universidad San Francisco Xavier de esa ciudad, graduándose en 1868 o 1869. Antes de esto, en 1862 y a muy temprana edad, contrajo matrimonio con Julia Serrano, nieta del doctor Mariano Serrano, primer Presidente del Congreso Inaugural de Bolivia. Posteriormente aparece casado con la cruceña Angélica Roca en Santa Cruz de la Sierra. Se le conoce una hija legítima llamada Leocadia Ibáñez, que según Pérez Velasco (1972), fue de su primer matrimonio. Es probable que haya tenido hijos naturales con otras mujeres.

Al parecer, en 1868 fue elegido munícipe en Santa Cruz de la Sierra, aunque la información es endeble. Probablemente en 1872 fue nombrado diputado nacional por esta capital, siendo nuevamente electo en 1874 ante la derrota de su homólogo el doctor Antonio Vaca Diez (político y exitoso empresario ligado a la exportación de la goma elástica). Esta es la época en la que se formó el Partido Igualitario, ante un altercado discursivo entre los dos candidatos, en el que Ibáñez sacó ventaja quitándose la levita y los botines acharolados para ponerse la chaqueta de trabajador y caminar descalzo, a manera de identificarse con las masas artesanas al grito de ¡Todos somos iguales!, granjeándose la adhesión de gran cantidad de gente.

Terminada su gestión legislativa, en Santa Cruz presentó abierta sedición al gobierno del doctor Tomás Frías (de tendencia liberal) y su prefecto, don Ángel Maria Aguirre, secundando las revueltas de los partidarios del opositor doctor Casimiro Corral, que en marzo de 1875 se realizaron en Cochabamba contra el Gobierno Nacional. Probablemente, el 26 de marzo Ibáñez plantó su ejército en las Pampas del Trompillo (ahora aeropuerto) donde fue batido por las tropas gubernamentales a cargo del coronel Marcelino Gutiérrez. De la misma manera, una segunda rebelión del caudillo fue combatida en un lugar denominado “Pozo de los Pororós”, cerca al Guapay, esta vez por las tropas del coronel Ignacio Romero, posiblemente el 6 de noviembre del mismo año.

Después de estar un tiempo en la clandestinidad, Ibáñez salió nuevamente a la luz pública ante la convocatoria a elecciones generales con declaración de amnistía para los exiliados políticos. Decidió hacer campaña por el binomio Hilarión Daza – Jorge Oblitas en contra de los contrincantes J.M. Santibáñez y Belisario Salinas. El motivo de este acercamiento fue probablemente la amistad que Ibáñez tuvo con Oblitas mientras realizaba sus estudios en Sucre; también existen versiones, no suficientemente corroboradas, de que no solo conocía también a Daza, sino que era “amigo” del militar (Ibíd. y Otazo, 1917). En todo caso, esta conexión es curiosa puesto que Daza se destacó por ser un militar desleal, sin visión de gobierno definida, con claro desprecio por el sistema democrático e incapacidad de gestión. Probablemente la afinidad estuvo determinada simplemente por el pragmatismo.

El 4 de mayo de 1876, Daza da un golpe de Estado antes de la verificación de los comicios, toma violenta del poder a la que Ibáñez llamará posteriormente “la revolución de mayo”. En Santa Cruz no se tuvo noticia de este hecho hasta bastante después, por lo que se realizaron las elecciones con relativa normalidad, las cuales arrojaron el resultado de triunfo del general Daza con amplio margen, situación obtenida presumiblemente por el arrastre popular que poseían los igualitarios.

Sorprendentemente, Daza nombra como prefecto de Santa Cruz a un opositor de los igualitarios, el doctor Demetrio Roca. Como revela un documento igualitario del momento, éstos nunca admitieron este hecho; sino que creían que el coronel Romero, en su calidad de comandante general del departamento, nombró a Roca prefecto “por si y ante si” (Los Cruceños, 1876). Igual, el propio Ibáñez confirma esta posición en carta al mismo Roca (Ibáñez, 3 de noviembre de 1876). ¿Esperaba Ibáñez tal cargo por su colaboración en la campaña electoral del general?, ¿deslealtad de Daza hacia los igualitarios?, ¿revelación de algún de tipo de desconfianza frente a su caudillo y éstos?

Ante esa nueva autoridad los igualitarios plantearon una rotunda oposición, con reuniones incendiarias y numerosas, engrosadas por sus vastos simpatizantes. Sostenían que Roca y Romero conspiraban contra ellos, desprestigiando al partido popular frente al Gobierno. A estas alturas, posiblemente Daza, inficionado por Roca, tenía gran desconfianza hacia el caudillo y sus igualitarios que engrosaban sus filas en contra de la autoridad por él asignada, así que se decidió a apresarlo probablemente el 22 o 29 de agosto, con planes de llevarlo a ser juzgado hasta la ciudad de La Paz.

El 1º de octubre, la impaga guarnición de soldados que tenían que escoltar al caudillo en el inmenso y complicado trayecto hacia la ciudad andina (presumiblemente sin la asignación de los pertrechos mínimamente necesarios para lograr tarea semejante), se amotinó, tal vez incentivada por una oferta de soborno hecha por los familiares de Ibáñez. Al enterarse, el coronel Romero fue a poner orden, arma en mano y al no retroceder en su ofensiva fue baleado por los soldados hasta la muerte. Según se dice, la paga de los haberes debidos a la guarnición fue otorgada personalmente por la misma Angélica Roca, esposa del caudillo (Pérez Velasco, op.cit).

Al día siguiente, Ibáñez ya liberado fue proclamado prefecto del departamento, por un número considerable de ciudadanos, ante la ausencia de las autoridades constituidas que huyeron rápidamente fuera de la ciudad después de la noticia de la rebelión de los militares. En su discurso de posesión, Ibáñez exclamó su apego y admiración al “programa de la revolución de mayo”, perteneciente al gobierno de Daza.

El gobierno de Daza no tomó las medidas de represión que ameritaba el caso dado; sino que envió al general Juan José Pérez como prefecto y al coronel José María Lara como comandante general, debido posiblemente a que prefirieron agotar primero las opciones de persuasión ante su otrora aliado, Andrés Ibáñez, que ahora se hallaba fuertemente respaldado por amplios sectores (sobretodo del gentilicio popular de Santa Cruz de la Sierra), cuya represión en tales circunstancias habría tenido consecuencias lamentables.

Al parecer, Ibáñez entregó la Prefectura, pero no la Comandancia General, so pretexto de ir licenciando a la tropa adicta a él, de a poco. Mientras amagaba en el puesto, tramó un apresamiento con sus oficiales Benjamín Urgel, Facundo Suárez y N. Montenegro realizado a él mismo y a los doctores Urbano Franco y Simón Álvarez, que eran individuos de status respetable en la ciudad, proclamando la Federación, e instando éstos a los apresados a ser parte de la junta triunvirato que conforma la máxima autoridad de la misma. Obtuvo el apoyo popular necesario; pero esa argucia política luego le costaría a Ibáñez la vida. Esto sucedió el 25 de diciembre de 1876.

“Mi nombramiento de Prefecto i Comandante General, emana de la verdadera soberanía del pueblo, ejercitada en el abandono de sus autoridades (…) Por lo demás esté U. persuadido de que al dar parte al Supremo Gobierno del hecho del 1º anterior y de mi nombramiento de Prefecto i Comandante General, le he expresado mi irrevocable voluntad de volver a la vida privada. Así se lo manifiesto a U. también, i le reitero mi llamamiento, para que reasuma la prefectura i le entregue el mando militar, a pesar de que debiéramos aguardar esa resolución”. (Ibáñez, 3 de noviembre de 1876).

El poco tiempo que Ibáñez estuvo al mando de la Prefectura sorprendió a muchos con la radicalidad de sus actos de gestión. No solo declaró a Santa Cruz como una federación en un país cuya constitución política establecía al Estado la forma unitaria de gobierno; sino que se propuso (sin revelar de forma manifiesta su visión a largo plazo), lograr una redistribución de la riqueza, inicialmente a través de polémicas recaudaciones forzosas a la gente más adinerada de la jurisdicción.

Abandonada por el doctor Urbano Franco, la Junta Federal trató de propagar la Federación en otros centros poblacionales del país sin ningún éxito, más que en Chiquitos. Al ir a reprimir el aglutinamiento de tropas reaccionarias a la Federación en Samaipata, al mando del sub-prefecto de Vallegrande Napoleón Gómez, Ibáñez deja a cargo de la Prefectura al doctor Simón Álvarez y la Comandancia General al paraguayo Manuel María Fabio, declarando éste último, ley marcial en el departamento, excediéndose a partir de ésta en autoritarismo y cuantiosas exacciones a los ciudadanos acaudalados de la ciudad. Al parecer estas fueron instrucciones de Ibáñez a efecto de aprovisionar con algo las casi vacías arcas públicas ante tiempos previstos como hostiles.

El gobierno de Daza envió al mismo ministro de guerra, general Carlos de Villegas al mando del escuadrón “Chacoma” y del regimiento “Bolívar” para sofocar la “Federación y sus cómplices”. Enterado de esto Ibáñez emprende retirada desde Samaipata a Santa Cruz de la Sierra donde se aprovisiona de pertrechos para proseguir su huida hacia el oriente, alcanzando Chiquitos. El régimen de violencia y autoritarismo de los igualitarios, sobre todo a cargo del paraguayo Fabio, provocaron la adhesión de varios sectores de Santa Cruz a las tropas “pacificadoras” de Villegas. Ibáñez sufrió paulatinas deserciones y conflictos con su misma tropa a medida que se acercaba a la frontera con Brasil, donde fue alcanzado y atrapado por el Ejército Nacional, a cargo de Villegas, quienes lo fusilaron junto varios correligionarios el 1º de mayo de 1877 en una localidad llamada San Diego, cerca ya al Brasil.

Para analizar las tendencias que produjeron las investigaciones históricas sobre Andrés Ibáñez hay que plantear dos niveles de observación: 1) El del profesionalismo de los autores para trabajar en la búsqueda, contraste, análisis y declaración de fuentes primarias sobre la temática mencionada y 2), la manera en que abordan los sucesos que estudian.

En cuanto a los que realizaron un trabajo de investigación histórica según las exigencias metodológicas que esta disciplina entiende mínimamente en términos de validación científica, podría sostenerse que no hay ninguno que en el riguroso sentido logre una obra de esa magnitud. Los que más se acercan a ese ideal son Hernando Sanabria (1977) y Salvador Romero Pittari (1984), que lamentablemente solo presentan estudios exploratorios sobre el tema. El trabajo de Sanabria, aunque plantea una semblanza de Ibáñez realizada con predisposición crítica, al igual que comentarios acerca de cada una de sus fuentes primarias presentadas, se queda allí, en la exposición de las fuentes, al parecer esperando el abordaje de un futuro historiador (tarea de la que Sanabria se alejó, probablemente por hallarlo conflictivo para sus expectativas investigativas). El trabajo de Romero constituye un artículo, que aunque tiene aciertos analíticos en el área social, todavía es insuficiente en el análisis minucioso de los datos históricos contradictorios que presentan las fuentes estudiadas.

Los libros de Durán – Pinckert (2007), Pérez Velasco (1972) y Rivero y Egüez (s.a.) son intentos de realizar una investigación extensa del caudillo; pero que flaquean, no en la falta de fuentes, pues queda claro que hicieron trabajo de búsqueda, análisis y contraste de éstas; sino más bien en la indicación adecuada de las mismas, ya que hay muchos casos en que las citan (por ejemplo, los periódicos “El Eventual”, “El Comenta”, “El Trabajo” o el manuscrito “Lara”, la fuente Otazo, etc.); pero no mencionan sus datos de identificación necesarios, ni el lugar donde las obtuvieron y en muchos casos ni siquiera las citan y las abordan de forma especulativa como se verá posteriormente.

En este sentido, las obras de Orestes Harnés (1957) y Mariano Zambrana (1925), que se infiere que utilizaron fuentes primarias, no citan ni una sola, dejando su obra como un relato desnudo a modo de narración y esto es una pena, porque presentan algunos datos que otros autores al parecer no poseen o corroboran, acerca de la información biográfica del caudillo.

Para el segundo nivel se clasifica a los autores en cuatro grupos de límites no rigurosos. La primera tendencia es la de un apego ideológico acrítico a lo que se considera la vertiente del igualitarismo – federalismo y las hazañas de su creador. Entendemos crítico en el sentido de indagación de los acontecimientos en base a la contrastación de los datos obtenidos con predisposición de hallar la verdad, incluso si ésta contradice las valoraciones personales previas. Esta categoría es la que más autores aglutina y sus planteamientos pueden ser definidos básicamente como exaltaciones basadas en preconcepciones del tema. Aquí encontramos los trabajos de Orestes Harnés y de Pérez Velasco en las posiciones más extremas de admiración y justificación y en un sentido mas subrepticio a Duran – Pinckert y Reymi Ferreira (2006), como se ve posteriormente en las caracterizaciones singulares de las obras.

Tenemos a Mariano Zambrana, cuya argumentación puede ser caracterizada por un desapego ideológico acrítico, pues la pequeña mención que hace de Ibáñez en su obra, solo constituye la identificación de un individuo ambicioso de poder y astuto encantador de masas, predispuesto a usar cualquier medio a cargo de sus intereses; tipificación que puede responder más a la relación filial del autor con su abuelo, el doctor Angel Mariano Zambrana, (enemigo contemporáneo de Ibáñez), que a un análisis crítico de los datos. Tal mirada ingenua y unilateral al revisar mejor los acontecimientos pudo encontrar, que si bien, sus percepciones pueden tener cierto asidero, las relaciones sociales de la época sustentaron a un movimiento como el de Ibáñez con legitimidad, debido a que sus condiciones de existencia y expectativas así lo manifestaban como necesario y que Ibáñez era un producto de su tiempo, un político que incorporó lo que le daba viabilidad a sus intereses.

Para la tercera tendencia planteamos el apego ideológico crítico al caudillo. Salvador Romero Pittari es el único autor (como se verá mejor posteriormente), que logra situar los acontecimientos que tuvieron como protagonistas al Club de la Igualdad, en un marco de legitimación social a partir del análisis del ambiente económico y cultural de la época, aunque todavía en una esfera bastante endeble de respaldo documental corroborado que necesita ser mejor trabajado. En relación a esto último y tomando en cuenta que no profundizó con rigurosidad algunos acontecimientos narrados de importancia, no es un autor que se sitúe precisamente en pleno de ésta categoría mencionada.

Entre aquellos que presentan un desapego ideológico crítico a los acontecimientos que inmiscuyen al Partido Igualitario tenemos a Hernando Sanabria que exhibe a Ibáñez sin comulgar con sus acciones, extraídas de las fuentes (incluso parece cuestionar la imagen popular romántica que presenta el caudillo ahora) y más bien plantea los abismos de la temática que necesitan ser trabajados, entre ellos el aspecto ideológico del partido, como se verá posteriormente. Victorino Rivero y Egüez se adecua mejor a esta posición ya que después de lograr una construcción de los acontecimientos políticos que transcurren por aquella época decimonónica, plantea a Andrés Ibáñez en ultima instancia como una amenaza para la tranquilidad de Santa Cruz, amenaza desbordada que no se encuadra en principios sociales reivindicativos explícitos que justifiquen los excesos cometidos por sus correligionarios y él mismo.

Las temáticas trabajadas en torno a Andrés Ibáñez en forma casi transversal por los autores mencionados nos revelan dos ámbitos de dispersión: El de los hechos y fechas y el uso que le otorgan los autores según aprueben o desaprueben los actos del caudillo. Tenemos así un alto grado de contradicciones de referencias en cuanto a la genealogía, formación, personalidad, inclinaciones políticas y datos de su vida en general, información que puede mostrarnos a Ibáñez naciendo en Pailas o hasta en Cochabamba y con características personales bandoleras y tiranas o como el más grande estadista que tuvo Bolivia.

Se encuentran los episodios que rodean el nombramiento de Andrés Ibáñez como prefecto y la formación de la Junta Federal, polarizados entre los que presentan los acontecimientos como una concatenación de circunstancias sociales que obligan a un bienintencionado caudillo a proceder de esa manera, perdiendo paulatinamente el control de la situación de una forma trágica y los que presentan a Ibáñez como armando argucias políticas para que los hechos produzcan el mejor resultado a sus intereses de poder. Existen también posiciones intermedias que no están eficazmente trabajadas.

Las relaciones de Ibáñez y el Partido Igualitario con el gobierno de Hilarión Daza son tema de debate entre los que sostienen que la amistad entre Ibáñez y Daza fue truncada por las “conspiraciones” de desprestigio del caudillo por parte de la “oligarquia cruceña”; los que sostienen que Ibáñez fue necesariamente reprimido con justicia ante el desborde de sus actos cometidos por su ambición de poder y por último; los que creen que Ibáñez perdió el juego político al apostar demasiado a su respaldo social y oponerse tanto a los grupos de poder local y nacional, lo que le valió la oposición del cruel Daza en combinación con los locales desde situaciones tempranas.

Los actos del Gobierno Federal hallan relativo acuerdo en cuanto a sucesión de hechos, lo que polariza es la interpretación de ellos en base a ideologías de reivindicación social y acusaciones de autoritarismo y pillaje. Situación similar presenta el tema de la represión de la Federación y la muerte de Ibáñez.

Por otro lado, como se anunciaba, un gran abismo en la bibliografía que trata el tema de Andrés Ibáñez es la falta de una argumentación coherente y certera en fuentes primarias para desentrañar los torrentes ideológicos a partir de los cuales se nutrió el Partido Igualitario. En torno a esto hay demasiada especulación y poca validación en base a datos.

Nada en la documentación producida por el movimiento igualitario puede darnos la certeza de que este partido haya recibido influencias teóricas tan rebuscadas. Lo que se presenta evidente en la proclama de la Junta Superior del Oriente del Departamento del 27 de diciembre de 1876, son los principios del humanismo jurídico planteados en la Revolución Francesa que están inscritos en la parte superior (en una banda sostenida por el pico de un ave), como a lo largo del texto y la petición de adhesión al pueblo a la “revolución” gestada por ésta (lo que tal vez se acercaría a las hipótesis de Reymi Ferreira).

Tabla

Las personas contrarias a Ibáñez en su época solían darle el mote de “comunista” y de atentador de la propiedad privada. En los discursos de Ibáñez al parecer solo hay dos alusiones a la “igualdad de propiedad” y son tan cortas y vagas que permiten dudar acerca de una adhesión socialista militante del movimiento.

“La igualdad con la propiedad, es el desideratum de los pueblos. Esforcémonos por aproximarnos a él y nos presentaremos como dignos de la nación.” (Ibáñez, 3 de octubre de 1876).

Quizás una de las informaciones más esclarecedoras es la que presenta el manuscrito Lara, el cual explicaría porqué concretamente se lo tildó de comunista y en qué se basaba su plan de acción para conseguir “la igualdad” (Duran y Pinkert, op.cit, p. 35). Al parecer los igualitarios no profesaban cambios en la estructura económica que se asemejen a un comunismo de enfoque marxista; sino mas bien se proponía una novedosa meritocracia de los puestos de los poderes públicos y el empleo del Estado para lograr una mejor distribución de oportunidades de obtención de los medios de producción y de poder (algo tal vez más cercano a las ideas de los denominados socialistas “utópicos”). De todos modos esto no se sabe con precisión, tal era la ambigüedad de su ideología que se hizo necesario que contemporáneos intelectuales a estos sucesos la interpretaran de distintas formas y las clases pudientes no requirieron claridad para ponerse susceptibles y ver en riesgo sus posesiones económicas, no sin razón, como más tarde ocurrió con las autoritarias exacciones del Gobierno Federal.

“La peripatética doctrina con que instruía [Ibáñez] a los suyos arengándolos que a la hora que consiga las riendas del poder, sin duda volvería a regir el precio de cinco pesos por vaca parida; por consiguiente, los pobres quedarían al nivel de los ricos, quienes en su mayor parte cautelosamente se han acomodado por el sudor de tantos infelices. Tal fue el rumor que corrió que a no dudar temblaron acaudalados, por cuya incógnita y apócrifa medida la generalidad creyó que el sistema igualitario no era sino igualar, sacando la mitad de los bienes a los doscientos pudientes que nada más había, para darles a los numerosísimos pobres, de tal manera que la parte de los grandes hombres resolvieron a todo trance se disuelva el Partido Igualitario y particularmente su jefe. Tratando de defender la posición de Ibáñez, los doctores Álvarez y Duran Canelas interpretaron diciendo que el significado del sistema igualitario no era sino dar su merecido galardón a quienes se distinguieran, unos en literatura, otros, en la lucha y otros en los combates , de cuyos (…) por su esclarecido valor y talento administrarían los altos puestos y con esta justa organización sin duda igualarían a los poderosos, caracterizados y pudientes”. (Lara citado en Ibíd.)

Finalmente, la acción dirigida por el Club de la Igualdad, que consiguió la consolidación de Ibáñez en el poder departamental y la proclamación de la Federación que terminó con la represión de sus conformantes y asesinato de sus lideres, podría ser considerada como la de un movimiento social, siempre y cuando quede establecida la necesaria dilucidación de sus verdaderos principios de reivindicación, cuán fiel se fue a ellos o si realmente se los tuvo en estos términos. Es posible que haya sido un movimiento social porque al parecer, se trazaba una identidad establecida en los sectores de bajo estamento y status social, se oponía a los grupos dominantes de poder económico y político. Lo que faltaría establecer con precisión es cuál era el modelo de sociedad reivindicada que se postulaba, ¿qué tipo de modificación de las relaciones de distribución y de poder se proponía?

Entre la bibliografía que trabaja el tema de Andrés Ibáñez tenemos inicialmente a Mariano Zambrana, nieto del doctor Ángel Mariano Zambrana, enemigo de Ibáñez que prestó sus servicios como auditor al consejo de guerra nombrado por el general Carlos de Villegas en su acometida bélica en contra de los “responsables de la Federación”. Hace una pequeña referencia en su más amplia obra a los hechos mediante los cuales Ibáñez es nombrado prefecto y se instaura la Federación. En simple estilo narrativo, nombra los sucesos armados del Trompillo y los Pororós hasta la formación de la Junta Federal y la represión del caudillo. Describe a Ibáñez como un audaz y populachero abogado convertido en tirano cuando se hizo del poder con sus mecanismos de ambición desmedida en desmedro “de su mismo país y de la unidad y confraternidad bolivianas”. Su represión se halla justificada en nombre del orden. No tiene declaración alguna de sus fuentes. Al parecer ésta es la primera obra de investigación histórica que con este cometido trata el tema de Ibáñez.

La ponencia del doctor Orestes Harnés llevada a cabo a objeto de su incorporación como miembro de la Sociedad de Investigaciones Históricas y Geográficas de Santa Cruz, es llevada a cabo en 1957. Tiene el mérito de ser la primera publicación que trabajó exclusivamente el tema de Andrés Ibáñez en el marco de la investigación histórica. Consiste en una simple descripción resumida (tomando en cuenta que es un discurso preparado para leerlo frente a un auditorio), de los hechos que definen la vida pública del caudillo. Los únicos datos singulares presentados (no corroborados por otros autores), son la afirmación de que Ibáñez fue hijo de Maria del Carmen Justiniano y que nació en el Rincón de Pailas, además de que Ibáñez egresó del Colegio de Ciencias y Artes de Santa Cruz de la Sierra, en el año de 1863. Posteriormente admite el matrimonio de Ibáñez con Serrano, entrando en un terreno de posible contradicción al tener que aceptar todos los datos del acta de dicho casamiento. No cita ninguna fuente a lo largo del trabajo ya impreso que pudiera afirmar la veracidad de lo sostenido. En si, la obra es una alabanza romántica de Andrés, en la que cualquier acto de éste es susceptible de admiración.

La obra atribuida a Daniel Pérez Velasco, compone un acopio desordenado de percepciones políticas e históricas críticas de la constitución de Bolivia como Estado, su sistema de gobierno y las imperfecciones de su democracia, a modo de ambientar el surgimiento del Club de la Igualdad y la vida de su principal líder. Para desarrollar este ultimo aspecto introduce una mezcla de anécdotas, las más sin especificación de fuentes (Reymi Ferreira le hace la acusación de haber basado gran parte de su libro en la sección de Ibáñez en el “Manuscrito Lara”, sin siquiera citarlo) y falta de crítica a las versiones surgidas de la tradición oral, con todas las posibles distorsiones de que fueron producto. Podría inferirse que realizó entrevistas (probablemente entrevistó o conoció a Leocadia Ibáñez, hija del caudillo, o a algún pariente o conocido de ésta), pero jamás manifiesta de forma clara esta situación. El autor delata una posición personal marxista sostenida militantemente. En una parte de su obra narra que él, junto a Virginia Banegas de Herrera, asesoraron a Adolfo Román hijo (a quien se le atribuye la capacitación, organización y promoción de los primeros sindicatos obreros en Santa Cruz de la Sierra en la década de los 30 del siglo XX) a iniciar su campaña en la generación de un “movimiento proselitista revolucionario”. La lucha personal del autor del libro, imbuida en una confrontación contra las clases dominantes cruceñas de su época, lo lleva a ser fuertemente crítico contra los mecanismos de dominación que éstas usaban con las clases dependientes económicamente, así como sus tácticas de lucha por sus intereses de clase y status. En este sentido, su interpretación de la historia cruceña lo lleva a definir a la “oligarquía cruceña” en términos diacrónicos, de existencia histórica lineal a través del tiempo, que supuestamente se inicia en la época de expansión de los jesuitas. Elabora una tesis del papel conspirativo que ésta construyó en contra de todas las manifestaciones de los “espíritus rebeldes” y “generosos” que intentaron modificar las relaciones de poder en la región. Así, en su obra utiliza los tiempos de forma desordenada, sin coherencia cronológica secuencial, describiendo por ejemplo la servidumbre (entendida por él como esclavitud a lo largo de su obra), con experiencias personales vividas por él, al parecer en los preludios de la mitad del siglo XX, para argumentar las relaciones de dominación político-económica en la sociedad de Ibáñez del siglo XIX.

Fuentes para la historia de Andrés Ibáñez de Hernando Sanabria, es aún la aproximación más seria que se ha realizado para develar en forma trabajada y crítica la historia de Andrés Ibáñez, el Partido Igualitario y la conformación de la Junta Federal, aunque su autor se haya desvinculado de la consecución de esta tarea. Sienta las bases para desarrollar una investigación compleja del tema tratado. Con su depurado léxico hace una pequeña pero completa semblanza del caudillo y su movimiento, para posteriormente presentar los amplios hallazgos de fuentes primarias y bibliográficas, destinando algunas líneas explicativas a objeto de información sobre los documentos que merecen más trabajo. Plantea a Ibáñez no con admiración, ni tampoco con menosprecio; sino que se aboca a desglosar y analizar los acontecimientos que lo rodearon. Lo reconoce como la figura política de mayor relieve en la Santa Cruz del siglo XIX y sostiene que “se merece” un estudio serio de su obra política “curiosa y sugerente”. Las breves interpretaciones analíticas que este autor realiza desde la biografía hasta la crítica de las fuentes son un ejemplo de la predisposición sobria que el investigador debe presentar al inicio de su estudio. Pautas que al parecer no fueron tomadas en cuenta del modo que esperaba el desaparecido autor.

Victorino Rivero y Egüez plantea su obra de manera similar a la de Mariano Zambrana en cuanto a su rechazo al movimiento, aunque de forma menos explícita que el anterior respecto a despección. La obra se constituye en una presentación consecutiva de hechos que intercalan su abordaje en un paralelismo entre el nivel “nacional” y lo que sucedía a nivel “regional”, estableciendo siempre la correspondencia entre ambos escalones. Los hechos realizados por Ibáñez no son dudados en ser presentados como actos de franca rebelión, estableciéndose incluso similitudes entre éstos y los que su padre Francisco hizo en épocas pasadas. No duda en otorgar a Ibáñez un papel deshonesto en sus inicios en la política. Los acontecimientos, como las batallas, son narrados como simples represiones triunfantes de las tropas gubernamentales sobre las ibañistas, sin tomar en cuenta las excusas igualitarias de derrota por traición o inferioridad numérica repetidas posteriormente por las apoteosis. Igualmente la insubordinación de la columna del orden es causada únicamente por la sañuda conspiración llevada a cabo por la familia de Ibáñez, a efecto de producir lo acontecido. En si, nada de lo que hace Ibáñez se basa en ideales legítimos de lucha; sino que solo son argucias de competencia por la obtención del poder.

El artículo de Salvador Romero Pittari, publicado en la revista de “Historia y Cultura” en 1984 logra un respetable análisis de la situación socioeconómica y política que ambientó el surgimiento del Club de la Igualdad en el siglo XIX, superando así las simples aplicaciones ideológicas del comunismo marxista planteadas por Pérez Velasco sobre estos hechos. Romero entiende el contexto del igualitarismo en términos de un resquebrajamiento de la sociedad tradicional basada en lazos de solidaridad más contundentes, “fraternidad proviancianista”, debido a las características autárquicas de su economía de frontera. Tal fenómeno fue producido por un proceso de cambios consistentes en la apertura de mercados y decadencia de las viejas regiones de industria artesanal principalmente, lo que catalizó a su vez un proceso de diferenciación en el interior de las viejas familias “patricias” (incorporación de grupos culturales y de estrato económico ajenos en la reproducción del linaje elitario) y las consecuentes oposiciones políticas, desigualdades de riqueza y matices raciales que acentuaban la diferencia con los grupos socioeconómicos inferiores. Esto provoca una verdadera contradicción de estamentos sociales, situación que se trasluce en el surgimiento de un frente político que incorpora esta realidad en sus ideales de poder. Por lo demás, es una obra que realiza una adecuada declaración de fuentes primarias y bibliográficas y aunque su acierto es el análisis y su exposición clara y sintética, tiende a caer en una aceptación tácita de las versiones que narran los hechos a favor acrítico de los protagonistas igualitarios. Dos ejemplos: La forma en que se narra el amotinamiento de la columna del orden, en la que el autor sostiene que fueron hechos sin premeditación ni de la columna, ni de Ibáñez, sino simplemente causados por el desatino de las autoridades (versión que da a entender que el autor desconoce o no da crédito a las opiniones que apuntan a una participación mucho más activa por parte del caudillo y sus allegados en este suceso); la típica acusación de las arbitrariedades del paraguayo Fabio a cargo de la Comandancia General por su propia voluntad, no teniendo en cuenta que es altamente probable que no solo Ibáñez haya sido cómplice camarada sino que él mismo haya dado instrucciones de armar esta situación a efecto de recaudar fondos para sus objetivos.

La obra de Emilio Durán Ribera y Guillermo Pinckert Justiniano tuvo la ventaja de haber revisado otras obras históricas ya planteadas sobre el caudillo y verter su análisis con varias fuentes documentales. Tratan de realizar un contraste de las versiones emitidas sobre los hechos de Ibáñez por parte de los documentos, pero no pueden disimular su inclinación por “el caudillo”, desmereciendo de forma preconcebida las versiones emitidas por los opositores contemporáneos de Ibáñez, que tienen argumentos interesantes a tomar en cuenta ante la dilucidación de muchos motivos y actos del líder, especialmente “el diario de un vecino” atribuido a Felipe Leonor Ribera, al cual en oportunidades no dan mucho crédito. A pesar que tienen mayor predisposición a citar fuentes que anteriores obras, no lo hacen de forma correcta o a veces ni lo hacen, dejando en incógnita la procedencia de éstas. La obra revela nuevos datos respecto a algunos acontecimientos extractados de documentos, que permiten interpretar de forma más clara la consecución de varios hechos: como las contradicciones de las fuentes acerca de las batallas del Trompillo y los Pororós; la nómina completa del consejo de guerra que enjuició a Ibáñez; el porqué Ibáñez decidió volver a San Diego y no pasar la frontera brasileña; episodios anecdóticos de la comandancia de Fabio, etc. Pero la forma de abordar los temas sigue siendo la misma, se aboga por el caudillo de forma apriorística. Tiene un gran vacío en cuanto al estudio crítico de las bases ideológicas del movimiento, insuficiencia que el análisis bastante especulativo de ligazón directa a Proudon por parte de Carlos Hugo Molina, en el prólogo, no llena. Confirma algunas historias contadas por Pérez Velasco, lo que significa que probablemente se utilizó la misma documentación o utilizaron a Pérez Velasco. De todas maneras ninguno hace exacta referencia a la información utilizada. A pesar de todo, tuvieron el acierto de publicar varios documentos primarios a lo largo de su texto y especialmente en los anexos, los cuales son de mucha utilidad para los que quieren estudiar más a fondo el tema de Ibáñez (aunque cometen el error de no citarlos correctamente). El informe de la Comisión Médico Quirúrgica Italiana sobre las batalla de los Pororós, lo presentan incompleto. Aunque en algunos puntos tiene brotes de análisis, es básicamente una obra descriptiva de comparación de fuentes y posee todavía descuidos en cuanto a información proporcionada por tradición oral (presentada sin advertencia de sus posibles dificultades de autenticidad), como la proclama de Uruguayito extractada de Pérez Velasco.

Para concluir, el ensayo de Reymi Ferreira es uno de los más recientes tratados de las cuestiones de Ibáñez de entre las obras citadas. No es una obra de investigación histórica propiamente dicha (aunque utiliza algunas fuentes primarias como el manuscrito Lara, la memoria de guerra del general Villegas y la publicación igualitaria a nombre de “Los Cruceños” del 76). Se constituye más bien en un trabajo de valoración ideológica de la figura de Andrés Ibáñez a través de las reivindicaciones cruceñas desde el post igualitarismo hasta la fecha, empleando para este efecto la revisión y contrastación bibliográfica. Ferreira, que en una anterior publicación ya había expresado su percepción de que Ibáñez no era socialista ni anarquista; sino más bien un receptor de los ideales de la Revolución Francesa a partir del ala jacobina, sostiene a Ibáñez como imbuido en un ideal liberal pero con alto contenido social. Esencialmente el autor ve que Ibáñez se convirtió en un patrimonio de Santa Cruz y que de acuerdo a las orientaciones políticas se hace énfasis en su “federalismo” o en su “igualitarismo”. En forma similar a Pérez Velasco, encuentra una constante lineal diacrónica en el movimiento cívico de poder regional el cual “desde la época del Brigadier Aguilera se ha caracterizado por su sesgo conservador”, y que en épocas más actuales se ha ocupado de opacar el “igualitarismo” de Ibáñez por su “federalismo” a efecto de enmarcarlo en sus intereses de clase. En torno a esto, Ferreira sugiere a Ibáñez como el precursor de la concepción autonómica en Bolivia. Sus análisis políticos y socioeconómicos son acertados, cierta parte de esta obra revela esta aptitud, sobre todo la que se aboca a épocas más recientes; sin embargo no presenta esa misma habilidad para el análisis histórico, ya que no cimenta su trabajo con el necesario esfuerzo metodológico de indagación y cuestionamiento riguroso de lo preconcebido. Esto se expresa nuevamente en la interpretación acrítica de la vida de Ibáñez en general y la consabida manifestación de admiración e intento a priori de probar la rectitud del caudillo y su percepción sentimental de rechazo ante la “conspiración de las oligarquías cruceñas y andinas” como explicación preincorporada unilateralmente del fracaso del movimiento ibañista.

Bibliografía

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